De la emancipación de la servidumbre a las herejías subversivas, un hilo rojo recorre la historia de la transición del feudalismo al capitalismo. Aún ausente en la gran mayoría de los manuales de historia, la imposición de los poderes del Estado y el nacimiento de esa formación social que acabaría tomando el nombre de capitalismo no se produjeron sin recurrir a una violencia extrema.
La acumulación originaria exigió la derrota de los movimientos campesinos y urbanos que, bajo la forma de herejías religiosas, reivindicaron y pusieron en práctica diversos experimentos de vida comunal y de reparto de la riqueza. Su aniquilación abrió el camino a la formación del Estado moderno, la expropiación y el cercamiento de las tierras comunes, la conquista y el expolio de América, la apertura del comercio de esclavos a gran escala y una guerra contra las formas de vida y las culturas populares que tuvo a las mujeres como su principal objetivo.
Al analizar la quema de brujas, Federici no sólo desentraña uno de los episodios más atroces de la historia moderna, sino también el núcleo de una poderosa dinámica de expropiación social dirigida sobre el cuerpo y la reproducción femenina. Este proceso constituye, a la vez, el acta de nacimiento de nuestra época y el registro de voces imprevistas —las de los subalternos, Calibán y la bruja— que aún resuenan con fuerza en las luchas que resisten la continua actualización de la violencia originaria
